Siempre llevo hojas en la cartera. No por costumbre, sino por fe.
Algunas las arranqué sin pensar, otras las elegí como se elige una palabra exacta.
Las he regalado.
Las he pegado en mis diarios.
Las he guardado tanto tiempo que ya no se parecen a lo que fueron,
pero siguen ahí.
Me gustan porque envejecen conmigo.
Porque cambian de color sin desaparecer.
Porque pueden pasar años cerradas entre páginas y aun así decir algo.
A veces me pregunto si alguien conservó alguna.
Si alguna hoja mía sigue guardada en un libro ajeno,
en una bolsa,
en un cajón.
No sé de dónde salió esta manía.
Solo sé que es mía.
Y que, si algún día alguien piensa en mí,
me gustaría que dijera:
Karla regalaba hojas cuando veía una bonita.
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