sin chispa
Yo siempre he tenido esa necesidad de dormir cuando me siento sin chispa.
Muchas veces me la pasaba mejor en mis sueños que en la vida real.
Soñaba con zombies, con mundos apocalípticos, con historias completas que se armaban solas en mi cabeza.
No me quejaba. Me gustaban.
Aunque al despertar casi siempre sentía que no había descansado, como si hubiera vivido otra vida mientras dormía.
Con el tiempo, ni eso quedó.
Soñar dejó de ser refugio.
Y entonces la chispa empezó a faltar de una forma distinta.
Desde el año pasado sentí que algo se había apagado en mí.
Yo no sabía que estaba enferma.
Lo único que sabía era que ya no funcionaba igual.
Y cuando no entiendes por qué no funcionas, lo más fácil es pensar que el problema eres tú.
Que eres una idiota.
Antes, cuando me sentía así, sabía desaparecer.
Me iba dos semanas del mundo, de las redes, de la gente, del ruido.
No hablar con nadie, no estimularme con nada.
Solo yo.
Y después, casi siempre, volvía.
Esta vez no supe cómo.
Porque desaparecer ya no era solo desaparecer.
Desaparecer tenía nombre, tenía rostro, tenía a alguien esperando algo de mí.
Y yo siempre he sido muy cuidadosa con eso: no dejar a nadie en el aire.
Tenía ganas de hacer cosas. De trabajar. De crear.
Las ganas estaban.
Lo que no estaba era la energía, ni la calma, ni el cuerpo acompañando.
Recuerdo ir a dejar solicitudes de empleo con miedo y vergüenza, como si pedir trabajo fuera pedir perdón por existir.
Cuando empecé a trabajar no se sintió como un logro.
Mis papás dejaron de darme dinero para la facultad porque “ya ganaba”.
Y sí, ganaba, pero muy poco.
A veces pienso que también sospechaban cosas que no querían ver,
y que no les gustaba la idea de que su dinero se gastara en una relación que no aceptaban.
Al final, el dinero se iba en transporte, en comida rápida, en sobrevivir.
Tener citas dejó de ser prioridad. Comer también.
Ahí fue cuando empecé a sentirme mal sin razón aparente.
Mal de una forma rara.
Ansiosa. Ausente.
Como si estuviera en los lugares pero no en el momento.
Hay conversaciones, días, recuerdos que no tengo.
Y eso me duele, porque yo siempre he tenido buena memoria para lo insignificante.
Las citas se volvieron difíciles.
No porque no quisiera estar ahí, sino porque no sabía cómo estar.
Yo decía que sí quería, lo sentía, pero no podía demostrarlo como antes.
Y cuando no sabes qué te pasa, empiezas a dudar de todo lo que eres.
De lo que sientes.
De si el amor alcanza.
Hubo alguien que me cuidó cuando yo no sabía qué me estaba pasando.
Y también hubo alguien que pensó que yo no estaba poniendo atención,
cuando en realidad estaba perdida dentro de mí.
Entiendo por qué se cansó.
Eso no hizo que doliera menos.
La escuela mal.
Mi familia lejos.
La relación sintiéndose cada vez más frágil.
Yo no quería perderla, pero tampoco estaba en condiciones de sostener algo sin romperme más.
Y cuando una ya se siente estúpida, cualquier gesto lo confirma.
Me fui a casa de mi abuela pensando que el silencio me iba a salvar.
A ratos sí.
A ratos no.
Sentía que cada día tenía menos chispa.
Hice muchas cosas intentando recuperar algo que yo creía perdido por mala suerte, por malos tiempos.
No por falta de amor.
Ahí fue donde creo que sí la perdí del todo.
Ahora no puedo decir que esté bien.
La terapia y escribir no curan así de rápido.
Pero aceptar que así pasaron las cosas pesa menos que seguir peleándome conmigo.
Después de estar tanto tiempo sintiéndote mal física y mentalmente,
lo último que quieres es sentirte presionada a estar “bien”.
Hoy volví a sentir ansiedad.
Hoy tampoco fui del todo yo.
Pero hoy puedo escribirlo.
Y quizá eso sea una forma distinta de chispa.